El amor, cuestión de nariz

Alguna vez lo había leído  pero nunca antes lo había experimentado, o al menos no había sido consciente de ello de la misma manera. La relación entre el olor y el amor es más estrecha de lo que la mayoría pensamos. Vivimos en una sociedad visual, en la que todo, hasta cualquier producto de marca blanca que adquirimos en el supermercado de la esquina nos entra por la vista, sí la imagen cuenta y mucho. Pero a la hora de enamorarnos la nariz cuenta casi, o más, que los ojos. Y no lo digo yo, sino muchos estudios de universidades de nombres rimbombantes a los que no se si creer, pero yo les hablaré de esas reacciones que he experimentado. Un psicólogo de la Universidad de Nuevo México, Randy Thornhill, afirma que “esto no es algo que salta a la vista como el olor de una buena carne a la parrilla. Pero la capacidad del olor está ahí”. Esa capacidad es la que nos hace tener preferencia por el olor corporal de una persona en especial.

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El olor corporal tiene más que ver en el enamoramiento según los científicos.

Las causantes parecen ser las feromonas, compuestos químicos que tenemos en nuestros genes concretamente en nuestra piel y sudor, y que nos provocan una respuesta en el hipotálamo, la parte del cerebro encargada de las emociones. Dicen algunos de esos estudios que incluso basta con oler a otra persona para darte cuenta de lo que deseas. Ante eso uno se cuestiona la dificultad que nos autoimponemos a la hora del cortejo actualmente porque nos empeñamos en tapar y camuflar nuestros olores corporales con todo tipo de fragancias, y sí reconozco que yo mismo soy un apasionado de los perfumes y de esa práctica. Y es que tampoco digo yo que ahora no practiquemos nuestra higiene y vayamos por la calle desprendiendo olores que alguna vez que otra hemos sufrido en lugares como autobuses, ascensores… porque a algunos se le olvida pasar por la ducha. Pero vamos a lo que vamos, ¿cómo entonces uno reconoce eso que dicen los científicos, ese olor corporal natural del otro? Difícil lo tenemos sí, pero hay ocasiones en las que los planetas se alinean de tal forma que en un primer acercamiento, bueno o quizás en unos cuantos, te sientes irremediablemente atraído por otra persona. Su olor te provoca un deseo intenso, y tu instinto te pide más y casi te convierte en un ser caníbal, no quieres dejar de oler esa piel que tanto te hace sentir, de darle mordiscos o de recorrer con tu nariz cada rincón de ese cuerpo. Ese es tu olor, lo sabes aunque no tengas la respuesta de por qué sucede, y no quieres que te falte nunca.

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Nos encanta aspirar con fuerza el olor del otro porque mientras lo hacemos sus moléculas entran en nosotros e inconscientemente lo que sentimos va en aumento.

Tampoco sé si creer en la capacidad de seleccionar pareja a través del olor, lo que llaman brújula sexual, pero sí en lo que produce en nuestro cerebro cada vez que identificamos el aroma de nuestra pareja. ¿A quién no le encanta acurrucarse por la noche en la cama? ¿Quién no ha olido su almohada al levantarse o una prenda usada? Nos encanta aspirar con fuerza el olor del otro porque mientras lo hacemos sus moléculas entran en nosotros e inconscientemente lo que sentimos va en aumento. Nos atrae, nos seduce y por supuesto, nos provoca deseo en cuanto lo percibimos. ¿Y qué hacemos cuando no lo tenemos? Pues sientes un vacío y te gustaría haber podido guardar ese aroma como hacían en la película ‘El Perfume’, eso sí, sin asesinatos de por medio. Como eso no es posible, te conformas con una y otra vez llevar a tu nariz esa colonia o esa fragancia que esa persona utilizaba intentado que evoque en tu mente ese olor natural del otro. Pero el efecto, aunque placentero, no es el mismo.


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