Mi experiencia como comercial (Parte 1)

Recuerdo ese primer día en que el que tuve que desplazarme hasta Avilés para realizar una “batida”. No íbamos de cacería, pero empiezo a pensar que el símil cinegético no le viene demasiado mal a la profesión de comercial. Todo el equipo, 8 personas incluyéndome, recorreríamos la “Villa del Adelantado” en busca de personas a las que convencer de la ventajas de nuestro producto. Yo no disponía de experiencia en el sector, pero me habían elegido en la entrevista de trabajo, a la que se habían presentado al menos una decena de candidatos, así que estaba “contento” de la oportunidad. En el desplazamiento mantuve una charla distendida con mi nuevo jefe, aunque no pude evitar sentirme algo incómodo pues no sabía cómo comportarme. Estaba algo nervioso y no tenía demasiados temas para conversar. Una vez allí, el jefe me presentó a mis compañeros y en especial a uno de ellos, “mi formador” -así le llamé yo-, quien sería el encargado de enseñarme los entresijos de esa profesión durante ese día. Después yo decidiría si el trabajo como comercial cumplía con mis expectativas. Desde un primer momento pensé que lo bueno era que además de “residencial” – así llaman a la venta en viviendas- el producto se enfocaba a negocios. Era todo un alivio porque personalmente si tenía que vender algo pensaba que estaría más cómodo entrando a una tienda a ofrecerles un servicio que al llamar a la puerta de una casa.

Desde el primer momento tuve claro que si me introducía en ese mercado laboral, en el que supuestamente no existe la crisis, no lo iba a hacer a cualquier precio, ni engañando a nadie. Pero si esquiva realmente el paro esta profesión, ¿por qué cada día parece que los únicos empleos que hay en las webs son como agente comercial, asesor comercial, captador…? Estaba casi convencido de que tenía truco. Algo extraño ocurría en ese sector que se me escapaba, pero cómo no intentarlo si lo único que se necesita es tener coche, teléfono y ganas de trabajar. Además el trabajo como comercial te permite gran flexibilidad. Todo parecían estímulos, y mi “formador” me explicaba que obtener los objetivos era sencillo, aunque bastante tiempo después me enteré que realmente él mismo llevaba meses casi sin hacer ninguna venta… Durante aquella mañana pateamos bastante, entramos en muchas tiendas y vi cómo él realizaba su trabajo. “Mi formador” se ganaba rápido la confianza de la gente, pero los resultados no eran muy esperanzadores a pesar de la cantidad de números de teléfono y tarjetas obtenidas. Sin embargo, tanto mi “formador” como todas las personas con las que hablé de la empresa aseguraban que ser comercial en su empresa ofrecía rendimientos a corto plazo. Mi único objetivo desde ese minuto, y durante casi dos meses, fue sumar contratos, sólo de ese modo mi economía podría ir mejor.

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Algo extraño ocurría en ese sector que se me escapaba, pero cómo no intentarlo si lo único que se necesita es tener coche, teléfono y ganas de trabajar.

Llegó la hora de la comida, y ninguna venta. El grupo se reunió para comer e hicimos un picnic en medio de un céntrico parque ante la mirada de algún viandante al vernos con las bolsas del supermercado. La lluvia apareció, y pronto descubrí otro de los inconvenientes de la profesión: la meteorología. Por la tarde visitamos una conocida urbanización de la zona, con prácticamente el mismo resultado: muchos “no pierdas el tiempo”, “no estoy interesado”, “ya tengo contratado”… En ese primer día ya pude observar el humor, o mejor dicho malhumor, que hay en la calle cuando intentas acercarte simplemente para comunicarle e informarle de algo a alguien -un casco no vendía mal en algunas ocasiones-. También comprobé otra de las claves de este trabajo: la simpatía. Pero, ¿cómo serlo cuando te abren la puerta con un gruñido? Pues sí, así es, tienes que mostrar tu mejor cara y educación a pesar de todo. A diferencia de otras empresas, en nuestro caso no íbamos vestidos de traje y corbata, y eso nos facilitaba algo la misión aunque llevábamos carpetas bajo el brazo por lo que todo aquel que nos veía identificaba como comerciales

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¿Se puede lograr que tras lanzarte un qué quiere en tono desafiante alguien revierta su postura?

Tras esa jornada, un tanto abrumadora, decidí continuar con el trabajo. Me parecía estimulante el poder contactar con las personas de forma directa, y no dudaba de mis dotes para encajar y caer bien a la gente. En los días siguientes recibí una pequeña formación, en la que ya sólo estábamos dos personas. En ella se nos enseñaba a conocer bien el producto, pues es importante saber de lo que hablas y no vender humo -sinceramente sigo pensando que el producto es bueno en comparación a la competencia, o al menos, me lo vendieron demasiado bien-. También nos explicaron su política de venta -vamos las fases de la visita- como preguntar por el responsable, mantener una entrevista para saber sus necesidades y conocer si está dispuesto a escucharte, para luego pasar a explicarle de forma sencilla el producto y todos los beneficios que obtendrá. En este caso no éramos comerciales al uso sino que nos “camuflamos” como asesores de seguridad. La empresa quería dejar claro su intención de informar a los posibles clientes para diferenciarse de la agresiva competencia que apoya su éxito en grandes campañas televisivas.

Durante las primeras semanas, me sentí un poco como un papagayo que había aprendido su guión y que soltaba el rollo en cada uno de los lugares que visitaba. Un método que no era el correcto, lo comprobé más tarde. Y es que lo que verdaderamente importa para ser un buen comercial es ganarte la confianza de la gente en unos minutos tras irrumpir en su local o vivienda. Tienes que hacerte su “amigo” para después contarle de tú a tú, tranquilamente, los beneficios del producto que representas. Y es aquí donde está el gran iceberg de cualquier comercial, esos escasos minutos que tienes para lograr que el receptor esté predispuesto a escucharte. ¿Será un milagro? ¿Se puede lograr que tras lanzarte un qué quiere en tono desafiante alguien revierta su postura? Creo que cada visita es como un partido de final de Liga, tienes que sacar lo mejor y hacer gala de tu poderío. Porque sí, cualquier comercial tiene que luchar con los rechazos día a día y casi, minuto a minuto. Esto quema demasiado, te va minando hasta hacerte pensar que no sirves para esa profesión aunque realmente a quien no quieren es al producto, no es nada personal. Pero ese pensamiento negativo irrumpe tras el número de “noes” obtenidos. Y es que otra de las labores de cualquier comercial es seguir el proceso de venta, como por ejemplo ocurre en las conocidas portabilidades o cambios de compañía, por lo que si alguno de tus “clientes” recibe una contraoferta de su compañía y opta por aceptarla tus comisiones se irán al carajo. Vamos, que encima de salir a la calle no recibes a cambio una recompensa por el trabajo, algo que te emputece aún más.

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Durante las siguientes semanas continué aprendiendo y estando todo el día de un lado para otro, visitando numerosas localidades asturianas. Sin duda, fue una experiencia de la que he obtenido cosas positivas a pesar de su fugacidad. Duré poco como comercial porque mis gastos eran excesivos y no veía el minuto que revertieran en mi los beneficios de la forma que esperaba. Pienso que el proceso de venta es lento, y raro será el día que firmes un contrato nada más entrar en lugar. Así que tras mucho pensarlo porque prefería seguir intentándolo antes que volver al desempleo, decidí no continuar como comercial. Quizás algún día haya que retomar esta árdua labor, pero al menos ya sabré a lo que me enfrento.

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