¡Adiós Duquesa!

Salí muy joven de mi pueblo para estudiar en Salamanca. Rápidamente me quedé enamorado de su majestuosidad y de sus edificios, entre ellos uno, el Palacio de Monterrey. Era el punto de quedada para ir a mi facultad o para salir de fiesta, y era propiedad de la Duquesa de Alba. Contaba la leyenda que dormía en una habitación cuando se hospedaba en la ciudad, así que cada vez que pasábamos por allí mirábamos a esa ventana. Y tenía que pasar viviendo cinco años en la capital del Tormes, un día vimos a la Duquesa salir de un coche del Palacio. Fue muy rápido, pero ese fue mi mayor contacto con la Duquesa. Todos la conocíamos por su imagen extravagante, su pelo blanco rizado y su gran boca. Y también por sus vestidos y sus coquetos complementos, y es Cayetana podía lucir con el mismo estilo alguna de sus caras joyas como unas pulseras que podría haber comprado en cualquier mercadillo. Sí, Cayetana, la Duquesa de Alba era una octogenaria moderna, muy moderna, y con una mente nada habitual entre la mayor parte de los de su generación. Vivió siempre como le dio la gana, a su manera, sin importarle el qué dirán ni las convenciones de los de su clase. La Duquesa desde muy joven rompió las reglas porque era un alma indomable, una auténtica rebelde que amaba la calle, por lo que no me extraña que haya elegido una particular forma de llegar a la muerte. Lo más curioso para mí en estos días ha sido que su tercer marido, ese que sus hijos rechazaron como al diablo y junto al que vivió sus últimos años como un cuento de hadas entre viajes maravillosos y demostrándonos a todos que el amor no tiene edad y da razones para seguir viviendo, le instaló una pantalla en su habitación para que Cayetana pudiera ver sus tres películas favoritas. No me digan que no es maravilloso. Una forma original y emotiva de morir que yo quisiera para mi. Poder hacer en tus últimos días todo aquello que más te gusta sabiendo que tu trayectoria ha sido irrepetible, y teniendo lucidez y vitalidad hasta el final de los días. Cuentan, y lo dice un periódico considerado serio, que Alfonso Díez y ella vieron juntos tres clásicos del cine ‘Retrato en Negro’ con Anthony Quinn, ‘Gigante’ con Elizabeth Taylor y James Dean, y ‘Lo que el Viento se Llevó’ con Clark Gable. Perdóneme ustedes pero como dicen en Gran Hermano “muero de amor”, ¿no les parece romántico? Precisamente Cayetana fue amiga de muchos de los protagonistas de esas películas del Hollywood Dorado, dicen que Charlton Heston y Audrey Hepburn eran habituales del Palacio de Liria.

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Cayetana podía lucir con el mismo estilo alguna de sus caras joyas como unas pulseras que podría haber comprado en cualquier mercadillo.

Sí, la Duquesa de Alba vivió a flor de piel, amaba el arte y la fiesta pero no me gustan nada muchas de las cosas que he escuchado estos días sobre ella: eso de pobre mujer por haber crecido sin madre, o magnificar su contribución a la cultura por haber restaurado e incluso mostrar a la gente sus bienes. Y es que no se engañen, ella tenía todo lo que necesitaba para alimentar su espíritu libre. Haber nacido donde nació le facilitó las cosas al igual que ya desde la cuna su vida ocupó páginas de la prensa. Eso sí, no le quito mérito porque su carácter impredecible y transgresor dieron mucho juego a las revistas y a los programas del corazón. Incluso cuando a veces se enfadaba con la prensa y mostraba su rebeldía daba muestras de que era una noble a contracorriente. Algo que dejaba muy patente por ejemplo, no invitando a Franco a su primera boda o incluso afirmando que había votado a Felipe González en 1982. Lo mismo ocurre con la gestión de sus bienes, podría haber decidido abandonarlos pero Cayetana muy bien aconsejada por su segundo marido, el jesuita Jesús Aguirre, fue beneficiara de ayudas del Estado para conservar su Patrimonio considerado Histórico, incluso sus tierras recibieron las mayores subvenciones de Europa con la PAC.

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La Duquesa tenía todo lo que necesitaba para alimentar su espíritu libre.

Eso sí, Cayetana no dejaba de ser una de las personas más ricas del planeta -incluso por encima de reyes-, 20 veces noble de España, con tierras, obras de arte y palacios por medio país. Y aunque sus hijos quisieron incapacitarla, temerosos de su herencia, Cayetana siempre hizo lo que le vino en gana, y lo tuvo fácil. Digo yo que si hubiera nacido en una familia minera u obrera lo tendría un poco más difícil. Vivir con desahogo económico es fácil y te ayuda a ser generoso. Dicen que la Duquesa de Alba siempre contribuyó en muchas causas, incluso con pequeños emprendedores de su querida Sevilla, pero para mí más valientes son esas familias que día a día luchan por llegar a fin de mes para salir adelante, que no pueden pagar la luz de su vivienda, que cuentan cada céntimo para ir a comprar el pan… Señores no olvidemos que tener linaje te hace la vida más fácil, incluso el rebelarte contra esa vida señorial. Esa fue su lucha y su mérito. Cierto es que ella supo conectar con el pueblo y entregarse, como lo hizo el día de su última boda bailando flamenco, quizás por ello más de 40.000 personas pasaron para darle el último adiós. Y aunque resulte repetitivo, pienso que Cayetana lo tuvo fácil en la vida.

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Cayetana a la salida de su tercera boda bailando flamenco descalza con Alfonso Díez.

En su trayectoria sólo dos sombras negras que no se han llegado a aclarar: el intento de suicidio de su nuera, Matilde Solís la que fuera esposa de quien ya es el nuevo duque, Carlos Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo. El otro punto oscuro fueron las acusaciones por parte de algunos de los empleados de sus latifundios y del sindicato SAT que denunciaron publicamente a la Casa de Alba de pagar en B y contratar a inmigrantes de forma irregular. Quizás nunca sabremos la verdad y nos quedemos para siempre con esa imagen graciosa de Cayetana, de octogenaria que vivió intensamente y a su manera, pero que de tonta no tenía ni un pelo. Así que si tuviera que despedirme de ella le diría que fue uno de los personajes del siglo XX, pero que lo tuvo fácil. ¡Adiós Cayetana!

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